La hiperconexion, la saturación de los sentidos, la alerta
permanente de los celulares, crean individuos distraídos, incapaces de
concentrar su atención en una conversación o en un texto. Vemos a las personas
con las caras azuladas por el reflejo de sus pantallas aún cuando caminan y
hasta conducen un vehículo. ¿Qué ha pasado? Se nos ha instalado un nuevo órgano
que intermedia entre nuestros cerebros y el mundo exterior que ha superado a
nuestros órganos naturales, vista, oído, tacto, olfato. La imagen ha remplazado
a la escritura en la capacidad de comunicación. Hoy se fabrica una imagen
fantástica, trucada, como antes un elaborado discurso sofista. Las ideologías
han sido remplazadas por los emoticones. El mundo sensible esta mediatizado y
organizado por las redes neuronales sociales. Las multitudes se exasperan ante
las pantallas, los discursos de odio generan comportamientos grupales de
horda que irrumpen en las calles,
creando motines a los que denominan “revoluciones de colores”, que concluyen en
sangrientas guerras civiles o regionales. Es lo que se denomina “guerras cognoscitivas”. En ese marco se manejan las democracias
electrónicas, las estadísticas destinadas a corporizar mayorías, la reducción
de los actores políticos a eso, a actores libretados por tecnócratas. Así pues
se instala el Joker, el arlequín, comodín de la representación publica,
fabricado como conductor de un estado, reclutados entre gente de la farándula.
Estos estados emocionales tienen su estructura. Van desde la
manipulación de las crónicas policiales convertidas en el centro de la atención
ciudadana por los medios que ocupan dos o tres horas diarias a repetir la
crónica policial, o a convertir a una reyerta de chiquilines a la salida de un
recreo en una noticia central. A llenar
los tiempos de ocio de las masas con truculentos policiales, descabellados
asesinos seriales, donde se resalta la ineficiencia del estado y que lo que
vale es la venganza privada. Pululan los
héroes justicieros capaces de atroces venganzas. En eso se forman los párvulos
y se consuelan los viejos impotentes. Luego, con esa escuela del crimen, fan a
refregarse las manos y predicar “amor y paz”, dominicales pastores.
¿A que mundo conduce esto? Seguro a un mundo con mucho menos
gente.

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