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HISTORIETA ORIENTAL

 



“El odio y el deseo de venganza de un partido para con el otro han sido, así, sólida e inconscientemente edificados en el corazón del partidario desde los primeros albores de su infancia, por la angustiosa y querida palabra de la madre. Por eso, cuando se agitan actualmente en el terreno de nuestras luchas políticas las enseñas de las antiguas divisiones, olvidan los hombres sus ideas, y sin preguntarse lo que quieren, pero no olvidándose de inquirir la familia de que proceden, forman abigarradas agrupaciones, en las que se pasa por encima de las mayores oposiciones de ideas y de caracteres, para predicar la guerra santa contra la agrupación opuesta. Se disfraza ahora el inconsiderado sentimiento tradicional de que. a veces, ni los más ilustrados se dan cuenta clara, con la careta de programas cada  vez más liberales que ambos partidos promulgan a porfía; pero no existen tales vínculos de ideas entre los partidistas: la fuerza que las une, lo hemos visto es el conjunto recuerdo de otros tiempos calamitosos, y ellos mismos lo confiesan al proclamarse tradicionales.” José Batlle y Ordoñez , El Día 4-01-1887(cuadernos de Marcha N°32 año 1969-

Para finales del siglo XIX, las guerras civiles habían eliminado a la mayoría de la población fundadora de los tiempos de Artigas. Desde 1811 no hubo paz en la región, la guerra de los partidos formados tras la ruptura con la metrópoli continúa y se produce un cambio poblacional, ambiciosos inmigrantes se van apropiando el territorio en el largo proceso de anarquía política. Miles de mercenarios contratados en Europa por las oligarquías porteñas financiadas por el generoso dinero inglés, generan legiones que se adentran en los territorios eliminando al gauchaje arrinconado y llevado a rastras al holocausto paraguayo. A ese genocidio fueron empujados los federales vencidos, unos por considerar que en Paraguay se libraba la última batalla por la independencia, otros, arreados por las tropas mercenarias, engrillados como presos políticos a pelear al frente paraguayo. Los miles de mercenarios traídos de Europa para la contienda se agregaban a los ya existentes en luchas previas que llevaron al partido unitario a controlar el territorio. Legiones francesas, vascas, vagos enganchados en los puertos del norte, estuvieron presentes en las guerras civiles, Artigas no tenía ejército, solo había desprendido una docena de blandengues, pero sus guerreros eran los pobladores del territorio, cuando él se pierde en los montes paraguayos lo hace con unos centenares de indios, negros y gauchos.  La derrota de Artigas a manos de los veteranos de las guerras napoleónicas bajo bandera portuguesa y bajo mando de oficiales británicos, trasladaron el interés de la Santa Alianza europea después de Waterloo, hacia el Rio de La Plata.

  Los pueblos siguieron a sus caudillos federales hasta el fin. Peñaloza, Varela, Timoteo Aparicio, se baten en retirada. La memoria política se mantiene  en las familias, de eso se encargaron las viudas, la historia es trasmitida a sus hijos, pero las élites ilustradas, que en algún momento acompañaron al proyecto independentista federal, tras la derrota, fueron acomodando sus intereses a los dictados hegemónicos. Este proceso de genocidio y destrucción de la memoria histórica hace posible la elaboración de la mitología republicana oligárquica que inaugura el siglo XX.

Para comienzos de siglo las élites gobernantes se forman en la universidad colonizada por el pensamiento liberal victoriano. Se forman los “agentes de enlace” para una administración de un estado formal y de una colonia virtual. Se asumen las formas de un estado europeo periférico cuyas élites sirven a  los intereses del orden mercantil. Diseño económico británico con discurso político francés, dan forma a la  república oligárquica.  Los liberales porteños (son los mismos en todos los puertos victorianos), captados por el positivismo racista europeo de la época, promueven la eliminación de la población fundadora, mestiza, india o negra, eso que genéricamente llamaban “gauchos” y que Sarmiento  mandaba a Mitre “no ahorrar sangre de gauchos que embarazan el territorio,  ese es un abono que necesita nuestra tierra”, en nombre de la civilización.

La “limpieza étnica” en los límites del nuevo “estado oriental” fue un éxito. Para comienzos del siglo XX, el poeta Zorrilla de San Martín lee su poema “Leyenda Patria “ en el centenario de la declaración de la Florida, en la Piedra Alta, su público era un pueblo que no tenía abuelos en el país, fruto del recambio poblacional operado, todo estaba servido para la creación del mito uruguayo. En 1925 se construye el Palacio Salvo, se monta a Artigas en la Plaza y la escuela valeriana impone el relato oficial sarmientiano  del Hermano Damasceno, vigente como texto durante los primeros cincuenta  años del siglo XX. La recuperación de la memoria vendrá desde el interior, vía materna, del seno de las familias de los vencidos, que contagiarán la curiosidad sobre nuestro pasado a los nuevos ciudadanos, hijos de la inmigración.

El medio siglo de relativa paz civil con que nos premió el siglo XX no fue lo suficientemente fuerte para enfrentar la segunda invasión liberal que ingresa con las dictaduras de los setenta. Como ocurrió en el siglo anterior, es el militarismo mercenario el que crea las condiciones para la imposición del orden de ideas liberales. El  padre del Uruguay es el Coronel Lorenzo Latorre, por eso los militares de los setenta se identifican con él, repatrian sus restos con gran pompa histórica, es la paz latorrista quien da lugar a que la universidad forme a la juventud de la generación dirigente de 1900, esa clase ilustrada de que habla Batlle en lucha contra el lastre de la historia, del pasado de “tiempos calamitosos”, que se quedaron en pura sangre, de luchas cuyo sentido se olvidó y que el relato liberal atribuía a “la barbarie de los caudillos”, los “demonios personificados en el caudillismo “ explicaban los crímenes del pasado, para ellos reciente, teniendo en  cuenta las vívidas memorias familiares que estropeaban  la “teoría de los dos  demonios” a que eran tan afectos los “letrados” de los partidos liberales  surgidos a la sombra de la paz de Latorre: el Partido Nacional y el Partido Colorado, fundados  como clubes de jóvenes universitarios.

La amnesia de las dictaduras, la ofensiva liberal académica formadora de las nuevas élites políticas, han creado un discurso monocorde, simple y autoritario.  En el siglo XIX era imposible para los liberales ganar una votación, el voto presencial y cantado de los paisanos convocado por sus referentes hacía imposible la “democracia”, por eso las constituciones unitarias, liberales, son unánimes en excluir de las mismas a los analfabetos, no propietarios, aspecto de gauchos, mestizos o negros, menos indios. Solo convocaban a los mercaderes del  puerto y sus allegados varones.  Cuando la propuesta era clara y estaba personalizada por el accionar de los caudillos, escogidos entre las clase principal, fundadora, de probada lealtad a la gente, dispuestos a poner sus bienes y sus vidas al servicio del interés general, el fraude  no era posible. Cuando ya las causas se pierden,  los partidos se mimetizan en el discurso liberal, el escrutinio es minuciosamente correcto, el fraude está en la propuesta.

¿Qué diferencia hoy al FA de la coalición rosa, más allá de la corrupción manifiesta de estos últimos? Como decía Batlle y Ordoñez, “ambos protestan de liberales”, se pronuncian formalmente “democráticos”, se curan en salud atajándose de temidos estigmas, comparten los mismos valores “democráticos” imperiales, creen en las “leyes de mercado” y en eso tan caro a los mercaderes, “el estado de derecho”, que aseguran leoninos contratos bajo jurisdicción extranjera,etc. Lo único que los separa es “el conjunto recuerdo de otros tiempos calamitosos”. Recuerdos que han llevar a la tumba  sus portadores. Las nuevas generaciones atomizadas, distraídas, por la prédica funcional al momento, el “anarco liberalismo”, doctrina perfecta para convertir a los necios en “nenes caprichosos”, enemigos de la convivencia social basada en el esfuerzo, trabajo e inteligencia. Sin un proyecto político colectivo enraizado en la experiencia  histórica, en nuestra cultura, con proyección de futuro para las nuevas generaciones, no hay opciones reales, solo hay “pluriporquería”.

 

 

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