Cuando la generación de mi padre, aquellos que, nacidos por
1925, como Raúl Sendic o mi padre, cuyas adolescencias transcurren durante la
segunda guerra mundial, Montevideo y el Uruguay urbano circundante gozaban de
la insularidad latinoamericana. La generación anterior, la que les enjendró, había vivido la “gran guerra” y sentido de nuestra
guerra civil de 1904 en su infancia. En particular, el abuelo de Sendic peleó
junto a Aparicio.
Esa generación denominada “del cuarenta”, aquellos que llegan
a la madurez en esa década, como Raúl Sendic y otros jóvenes, descubren otro
Uruguay, el profundo y desconocido de los obrajes y de las peonadas rurales,
cuando desembarca en Montevideo la fama y gloria de “los barbudos” de Fidel
Castro tirando a la dictadura batistiana en Cuba en 1959. Esa revolución, primera victoria
revolucionaria contra una dictadura impuesta por Tío Sam en el continente.
Redimía la patria americana de la amputación de Mejico, de las invasiones en el
Caribe, de la condición colonial de la Cuba de la Enmienda Plat. Es en este entorno
que Raùl y muchos jóvenes viajan a Cuba a conocer el fenómeno de la revolución.
En 1964 estos jóvenes socialistas descubren que también aquí hay
explotados rurales. Raúl se encuentra con los cañeros de Paysandù, en el feudo norteamericano de CAINSA, trata de organizar
un sindicato. Luego se encuentra con otro enclave de explotación, los arrozales
de Treinta y Tres. En ambos lugares se organizan sindicatos asesorados por
estos jóvenes montevideanos.
Se organiza la primera marcha cañera sobre Montevideo en 1964
para mostrar a la ciudad ese reverso de la realidad del país. Los montevideanos ven llegar a “su ciudad”, caras nuevas, gente distinta, paisanos de
aspecto aindiado, pata en el suelo, con sus clinudas crías en brazos, que
vienen , tan asombrados y asustados como los montevideanos que les ven pasar
desde las veredas…. Es el miedo a lo desconocido. Acampan en los campitos del Palacio Legislativo,
despiertan la curiosidad de los “sindicatos de overol”, verdaderos ciudadanos,
con jornadas de ocho horas , licencias
anuales pagas, jubilación, salud mutualistas, esos prolijos descendientes de los barcos, se
encuentran con los descendientes de indios, gauchos y negros, apartados de
escuelas, sin doctores. Indocumentados, que ni manejan la moneda del país, a
quienes les pagan con “bonos” que deben canjear en las cantinas del obraje. De
pronto aparece ante el montevideano el “fantasma de viejas montoneras”. Muchos
se acercan a verlos y no se reconocen en ellos. El gobierno trata de aislarlos
y les manda las fuerzas policiales que los reprimen. Se vuelven, pero regresan
en tres oportunidades, tras despertar la solidaridad popular. Los jóvenes socialistas
ven en ellos la oportunidad de organizar a ese “proletariado rural” por ellos
descubierto. Pensaron que si la “revolución cubana” había tenido éxito había sido
debido a la existencia del campesinado. Pero se equivocaban, Cuba era también un
país macrocéfalo, concentradamente urbano, pero con una economía basada en el
monocultivo de la caña para los norteños. Pero la revolución cubana realmente
fue un fenómeno urbano, fue la lucha de Farck Pais y los apoyos urbanos los que
dan el triunfo a la revolución luego de diversas derrotas en la sierra. Pero
los jóvenes que visitan Cuba tras el triunfo se quedan con esa imagen de la
isla cañera, de los “barbudos bajando de la sierra”. A su vuelta al país,
llenos de entusiasmo, encuentran en el norte y el este uruguayo ese campesinado
del cual el país parecía carecer, en medio de una pampa ganadera, de peonadas
dispersas en la inmensidad del territorio. Pero esas peonadas invisibles, también
estaban en los obrajes cañeros o arroceros, confinados rodeados de campos
ganaderos que los ocultaban. Y allí estaba ese otro pueblo, casi otra “etnia”,
esas caras que solo se reconocían en “las chinitas” criadas de casa, en los
taciturnos y solitarios peones de estancia, troperos, domadores y esquiladores.
En esas caras cuarteleras, que solían verse en los alrededores de los cuarteles
del interior y sus barrios aledaños.
Años después, vimos que existían, eran
muchos y rodeaban nuestros barrios, uniformados y armados, en aquellos allanamientos
masivos que sufrieran pueblos y ciudades en 1972…también los conocimos en los
cuarteles, obedeciendo a sus jóvenes “oficiales blancos”, con la misma devoción de peones de estancia. Los amos de estancia también eran “blancos”,
inmigrantes vascos, franceses, ingleses. Y porque, todos ellos tenían vedado el
acceso a la escuela militar o a la universidad donde se parían oficiales y
doctores.
Y, allí estaban: acampando en medio de la ciudad, haciéndonos
sentir miserables, en medio de nuestra
riqueza y confort urbano. Allí estaban, ante nuestros ojos, los vencidos de la
historia. Los descendientes de aquellos que compartieron con Artigas
su derrota, los que pusieron el pecho a todas las invasiones, vencidos
en mil batallas, traicionados en todos “los pactos” entre doctores. Acorralados
en los espacios sobrantes entre potreros, en la profundidad de los campos, en
los llamados “pueblos de ratas”, cuando la carne se convirtió en mercancía exportable
y no sobraba para alimentar peones y
sus familias en los campos.
Amontonamiento de rancherías donde las peonas criaban a sus
criaturas alimentadas con las sobras de las carneadas de las estancias. En
muchos casos, convertidas carne de
quilombo. Esos peones que envejecían sirviendo
en las estancias en forzado celibato.
De aquel despertar de la conciencia, del descubrimiento del
reverso de ese Montevideo, “tacita de plata”, del confortable “Uruguay
batllista”, emerge la generación de los
sesenta, mi generación. La que vio aparecer bandas de mercenarios apaleando
liceales, o a las policías cargar, sable en mano, contra pueblo desarmado en
las plazas. Ese país que tenía larvada violencia social disimulada por el
caudillismo paternalista que prostituyo la conciencia cívica, mercantilizó el
voto todo lo que pudo, vendiendo empleos, tarjetas de expendio de carne o
leche, lugar en la asistencia pública con “tarjeta de pobre”, acceso a servicios telefónicos, jubilaciones
o pensiones, etc. Todo el aparato del estado al servicio de la pluriporquería
que disimulaba todas nuestras lacras sociales. Eso fue lo que vino a desesperar
a una generación, por un lado, llamando a la venganza, histeria homicida, de
una oligarquía rapaz y corrupta.
Imagen
de archivo: Raùl, en su juventud militante, en algún lugar acompañado de un
desconocido compañero de lucha. Elegí esta, lejos del bronce que traen los centenarios
tras la muerte de su generación.

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