Entender las peripecias humanas que generan a los personajes y sus trayectorias políticas es fundamental para la historia. Los hombres son fruto de sus circunstancias, de su entorno, desde la cuna y de la sociedad en que se forman. Todo pesa, familia, idioma, influencias culturales, afectivas, etc. Todo hace al personaje público, al milagro de su ascensión a situaciones de prestigio y de poder conductor. Hay momentos en que se agotan las castas dominantes, sobrevienen crisis de subsistencia y sobrevienen los seres providenciales que surgen por estar en el lugar y momento preciso de la historia. No surgen de las logias, ni de los servicios de inteligencia, como sucede en las plutocracias, santificados por rituales electorales, cada día más manipulables, sea por el engaño publicitario o por el simple fraude electrónico. La “pluriporquería” se sirve de “hombres de paja” promovidos por las corporaciones entre sus funcionarios más fieles, civiles o militares, hacen sus pasantías como gobernantes, luego son premiados con cargos en la burocracia internacional.
Pepe, fruto de los esfuerzos de los hombres, de los azares de la historia, de los designios ocultos de los servicios de inteligencia, o de los dioses del olimpo, llega al gobierno con la modestísima esperanza de “hacer un país en serio”. Su objetivo es convencer a “la patria financiera”, a los agentes del puerto, de que no va a morder a nadie. Declara ser un “león herbívoro”, es decir, tiene fama de león pero es vegetariano, los animales de la pampa, los ruralistas, la clase propietaria, no deben temerle. Y, cumple manteniendo a cargo de los rumbos económicos al ministro de economía nombrado por Tabaré en su viaje a Washigton en la previa electoral, Danilo Astori, que daba tranquilidad, garantía de continuidad, no tocar nada del legado del Cr.Veg Villegas, el ministro que el FMI y el BM, le impusieron a los milicos y civiles del proceso a partir de 1974. Así D. Astori se hace cargo de los tres gobiernos frentistas y al “Pepe”, lo mandan de gira por el mundo, a dar conferencias, le llenan la chacra con periodistas, directores de cine, le arman fama universal. En uno de sus viajes a los EEUU, toca las barbas del redivivo Dios Midas, le llevan a conocer al ya anciano, Rockefeller, le toman una foto con el mate en la mano y el gringo mirándolo con curiosa benignidad… preguntado el Pepe por los periodistas, porqué fue a ver a este símbolo vivo del imperialismo, contestó el paisano: “era una persona que por su importancia merecía ser conocida”. Rojos e envida todos los cipayos del Uruguay, que nunca hubieran osado acercase al dios de la fortuna, no lo podían creer. A partir de allí el Pepe se ganó el aparente respeto del Cuqui Lacalle Herrera y sus seguidores. Y si alguien podía dudar de la santidad de Mujica, se despide del Senado, un abrazo de reconciliación, con J. Ma. Sanguinetti, expresidente, artífice de todos los crímenes y entregas que llevaron al desmantelamiento del Uruguay a partir de la reforma constitucional de 1967. Como “el descarriado hijo pródigo que regresa a la casa paterna,” el Pepe se prepara para morir confesado y en paz.
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