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El culto al “becerrito de oro”.

 

 







La degeneración del utilitarismo capitalista, el endiosamiento de la propiedad privada, en la cúspide de los derechos, premio de los premios en el concepto del “progreso infinito”, para los individuos, ha determinado, en  sociedades como la norteamericana o la uruguaya, donde la profanación de la propiedad individual merece penas mayores que los homicidios. Así las cárceles se convierten en campos de concentración donde se acumulan los excluidos por sociedades que rinden culto a la riqueza.

El castigo guarda una proporcionalidad con el crimen según los valores d

e la sociedad, la pena capital se aplicaba a los incorregibles, mutantes que actúan contra  el  orden natural, caso de un perro rabioso, o de esos cachorros de lobo que no tienen el reflejo de sumisión al macho alfa y son muertos a poco de nacer. En Uruguay, por ejemplo, una mujer que introduce unos pocos gramos de mariguana para su marido preso, es penada con cinco a siete años de rigurosa cárcel. En cambio, quien introdujo al puerto, en tránsito hacia Europa, un contenedor de cuatro y media toneladas de cocaína pura, le dieron cárcel domiciliaria y hasta tuvo permiso para asistir a un casamiento en Argentina… No hay nada ni de terapéutico ni de ejemplarizante en el sistema judicial capitalista. Los poderosos redimen pena con dinero, le llaman fianza, al pobre no se le fía. Y no solo es aquí, la maestría la tienen los yanquis, donde un negro pobre que robó un chocolate en un quiosco a los diez años, salió de  la cárcel con sesenta y cinco. En cambio un blanco que vacía un banco dejando en la ruina a miles, llevando al suicidio a cientos,  sale bajo fianza luego de un “juicio abreviado  y un acuerdo judicial”.  Algún desprevenido puede pensar que esto siempre fue así. No, hasta que la justicia se mercantilizo dando lugar a la práctica de “compra de penas”, del sistema de fianzas. Consecuencia del pensamiento de la escuela liberal de Hobbes(1588-1679), repetido por la ministra inglesa Thatcher, “la sociedad no existe, existen los individuos”.

En la sociedad del capitalismo degenerado, que ha vuelto mercancía traficable al trabajo, los bienes y la justicia. De lo que se trata es de encerrar, aislar a los excluidos del sistema económico, porque la sociedad no existe, lo que hay son  demandas de producción y de consumo, cuando el trabajo cede a la automatización y ésta se convierte en negocio financiero, la cadena económica tiene cada vez menos eslabones, la energía social se reduce, por lo tanto la vida va en retirada. Los desarrolladores del sistema consideran un éxito  tecnológico la desaparición de millones de oficios y puestos de trabajo. Consecuencia de esto es la reducción de los sistemas de seguridad social, por ende, del denominado “estado de bienestar”, puesto que no hay quien lo sostenga. El cambio es producto de la concentración del conocimiento, de la brecha cultural que genera el elitismo científico, en sociedades como la  norteamericana, trasladado esto a la periferia global,  a los países reducidos a producir materias primas o alimentos básicos, con escaso valor tecnológico agregado, por eso se les llama “comodities”. La tecnología que facilita la extracción de estos comodities la monopolizan los mismos compradores, por lo cual ese negocio queda en las reducidas manos de una oligarquía  financiera. No hay tarea primaria que no pueda prescindir de seres humanos para su gestión.  La I.A promete la reducción al mínimo de esa participación humana, hasta las oligarquías propietarias pueden ser reducidas a rentistas absolutos, porque entre los oficios a eliminar se encuentran los de contadores, abogados, ingenieros y arquitectos. Todo puede ser alquilado a los desarrolladores de sistemas.

Llegados a mediados del siglo XXI con una población mundial cercana a los nueve mil millones, en un proceso, dicen los demógrafos, de “meseta estadística” en  el que la natalidad en muchos lugares no cubrirá la reposición de población, a una prolongación de la vida de las élites que harán realidad la longevidad de Matusalén, para los que accedan a las nuevas tecnologías médicas monopolizadas por las corporaciones. El panorama para las multitudes de seres humanos excluidos de esta “revolución tecnológica”, es verdaderamente distópico, porque se acabaron las utopías que movilizaban a los seres humanos en busca de su realización común. Y, en este punto retomamos el  eje de estas líneas.  Los hombres tienen en sus utopías el motor de su organización social y en  sus dioses su representación, su “nosotros”. Si “Dios ha muerto”, como pensó Nitche, la civilizacion ha muerto,los individuos se destruyen entre si y reducen su existencia a la forma primigenia del clan y de la tribu.


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