Se suele confundir propaganda con ideología. La primera
busca generar cambios de ánimo afectivos
respecto a una propuesta volitiva. Tiene, la propaganda, un fin efímero,
transitorio, enfocado a un objetivo: crear un objeto deseo, posesivo en el caso
comercial, o político. En ambos casos
alguien propone los objetivos, sean comerciales o políticos, siempre coyunturales
a la circunstancias. Las guerras terminan, los enemigos hacen las paces. La
propaganda cesa o cambia de sentido y se orienta a otro objeto de interés.
Las ideologías son sistemas de ideas impregnadas de creencias
que pretenden ser trascendentes al tiempo y que se hacen comunes, se comportan
como religiones laicas, con sus “dioses y demonios”. Disciplinan sentimientos
conductuales destinadas a aunar voluntades
sociales. Las creencias deben ser
difusas para expandirse, los dioses no se explican, se imponen como certezas.
La confusión viene cuando cambian sorpresivamente los dioses,
se sacude el Olimpo. Eso le paso al Imperio Romano en el siglo IV, con Constantino,
que decidió adoptar el cristianismo como religión de estado, expulsando a Apolo
del cenit del Olimpo, iniciando una breve “guerra religiosa”, entre los que no entendían
el cambio de rumbo. El que los perseguidos hasta ayer fueran súbitamente los amos
del día después.
Y esto es lo que empieza a suceder con el cambio de rumbo
imperial que pone fin a la globalización corporativa que arranca, bélicamente con
el atentado a las torres en el 2001. Ese inicio bélico de una “guerra universal”
al terrorismo como entelequia sustitutiva al “comunismo”, estaba destinada a
extender las fronteras del imperio sobre Asia, arrasando Rusia y , de ser
posible, sometiendo a China. Claro que en el camino, humeante, iba a quedar
nuevamente Europa, tradicional campo de batalla en los conflictos universales. Esa pequeña península de Asia
que es “”Europa”, cuyas fronteras siguen, tras dos mil años, las difusas las del Imperio Romano,
La confusión entre propaganda e ideología genera una
enfermedad llamada “cipayismo”. Los
cipayos se acomodan a los designios de las propagandas, están destinados a
seguir el séquito, integrarse a las procesiones sin cuestionar el santoral….ayer
seguíamos a Apolo y hoy a la virgen María y pelearán por ello.
Así pues hoy cae en desgracia la causa de Ucrania,
armada para llevar al mundo a la tercera
guerra mundial contra Rusia.
Llega al Olimpo un nuevo amo. El desconcierto e general. ¿Qué
hacen los cipayos? ¿A quién siguen? Grave dilema que se resuelve, como dicen
los gauchos en tiempos en que “no se sabe quién manda ni a quien obedecer”, “desensillar
hasta que aclare”.
Imagen. Guerra de los dioses del Olimpo.

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