Pero la
guerra la ganaron los “barbaros”, los piratas de los siete mares. El poder lo tienen los reyes del disimulo que han
inventado las normas de “lo políticamente correcto”, mosaicos y supremacistas
que esconden sus siniestras intenciones y sus pensamientos mediante eufemismos o
invirtiendo totalmente el sentido, bromas como “penal de libertad”, “libre mercado” en un mundo donde reinan los acuerdos corporativos
cerrados. “Libertad de información”
amordazada por secretismos y
contratos de confincialidad personales e institucionales.,,,
Los
adolescentes de los “sesenta” sobrevivientes de exilios y de inxilios, como los
viejos borbones, volvieron sin haber aprendido nada. Muchos renegados o
avergonzados de sus antiguas utopías no se dieron cuenta de que hoy se vive en
la peor de las distopías que pudieron pensar novelistas liberales del primer
tercio del siglo anterior. Audous Huxley, autor de “un mundo feliz”, escribió
para nuestro presente: “La gente llegará a amar su opresión, adorar las
tecnologías que anulan sus capacidades para pensar”. Y, aquí ya tenemos a la inteligencia
artificial, festejada por todos, aún aquellos que quedan excedentarios y sin
futuro, mas festejada por los simuladores de talentos que comienzan a ser
paridos lobotomizados, por las universidades.
“Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una
democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros de la que los presos
ni siquiera sonarían con escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud,
en el que gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos amarian su
servidumbre.”
El
progresismo, rémora de la “ilustración” del siglo XVIII, vive en un nuevo
“siglo de las luces”, crédulos, asombrados, presencian el embrutecimiento de las masas, el
crecimiento del crimen, el desborde de las cárceles, como una fatalidad
cósmica, la destrucción del trabajo como fruto del progreso y del mercado, y la
destrucción de capacidades intelectuales del pueblo educado “alfabetización
digital”, fabricando un proletariado apéndice proteico del sistema informático,
”carne de monitor”. Los que quedan fuera del “sistema”, los que no acceden a la
bancarización porque no tendrán trabajos formales o lícitos, convertidos en
“ejercito de reserva” para la leva mercenaria, privada o estatal, criminal o
legal. Consecuencia de esto las ciudades se encastillan, barrios privados para
“los incluidos”, guetos infames para los “excluidos”. En medio en barrios
dispersos, sobreviven los viejos
trabajadores jubilados o mantenidos por sus hijos desde el extranjero, en
franca extinción, ruinas de aquel “estado de bienestar” de mediados del siglo
XX, transcurren sus últimos días en pánico contando pastillas. Son estos
sobrevivientes que desde sus hogares observan el espectáculo de la guerra
social en los largos noticieros de fin de jornada. Enrejados, la pantalla
es su ventana a la ciudad, solos luego de haber
educado y exportado a lejanos países,
los frutos de su fertilidad. Solos con sus mascotas, pendientes del teléfono, muchos caen victimas de sus nostalgias
de familia, cuando les llama un falsario simulador de hijo o sobrino,
pidiéndoles el dinero, que, por haber vivido muchas estafas bancarias, esconden
bajo el colchón. Y ahí salen ansiosos, presurosos, a ofrecer su amorosa
protección a ese hijo ausente, tan
ausente, separado por años y husos horarios, que han olvidado el timbre de su
voz en el teléfono…
Los jóvenes
revolucionarios sesentistas corren como olímpicos aventajando a la Parca, tratando de comprender una
aplicación o triquiñuela operativa para seguir conectados a la virtualidad,
porque a eso se ha reducido su ámbito de realidad. Defendiendo sus viejas utopías
en fantasmales monólogos de moribundos.

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