Pese al hermetismo oficial sobre los datos del censo de población realizado en el 2023, en el cual se nos dice que entre ambos censos, 2011-2023, la población creció 1%.
Que tenemos casi tantos menores
de diez y ocho años que mayores de
sesenta.
Que nacen 32.301 y mueren 39.322.
¡Por lo tanto nos extinguimos!
De los nacimientos un cuarto
nacen en hogares pobres, arrastrando carencias nutricionales acumuladas por
generaciones. Estamos generando ocho mil niños diferenciales por año. No se contabilizan,
a los censistas no les importa, saber el destino de los tres cuartos restantes,
sus expectativas de desarrollo y de vida, cuantos acceden a estudios
terciarios, preparándose para emigrar. Y este es un dato relevante dado el auge
de solicitudes de reversión de ciudadanía, de abuelos, padres a los hijos, entre adolescentes de clases medias. Esos son
indicadores de potenciales emigraciones.
De los que nacen y viven,¿ cuantos
reniegan de las oportunidades de vida?
En estos renuncios somos
campeones sudamericanos y estamos en el doce lugar en la tabla mundial de
suicidios. ¡ Un verdadero logro de las políticas económicas y sociales desarrolladas. ¡Un galardón para la
“clase política” del Uruguay, con sus 23 por cada 100.000 por año, en números da
para el año 2023 , 823 suicidios anuales. Y es una cifra que viene en
crecimiento constante.
Y, los que mueren por cuenta de
otros, en la guerra social, guerra sin banderas ni consignas, carente de las temidas ideologías, que alimenta el morbo periodístico televisivo,
esos fueron para 2022 383 y , para el
2023 fueron 382, éxito por el que se vanagloriaron los gobernantes de turno.
Pero en Uruguay no solo se muere
matando, también se muere por el placer de desafiar las normas de convivencia
en el tránsito, comportamientos temerarios, manifestaciones de suicidio inconsciente, favorecida por la saturación vehicular de un
parque de dos millones y medio de
automotores, en mano de particulares o de empresas. La mayoría de las bajas en
calles las producen las motocicletas, cuatrocientos cincuenta mil. Pero, como en la guerra,
aquí solo se contabilizan las muertes, las incapacidades parciales o totales permanentes,
que demandan millones de dólares en gastos sanitarios anuales, una de las
causas del desquicio de nuestro sistema
de salud, nadie contabiliza ni se responsabiliza, ni son indemnizados al
sistema por los seguros de responsabilidad civil… ¡Y hay “caudillos” departamentales
que promueven la licencia alcohólica y el no uso de cascos! ¡Viva la libertad irresponsable!
Muchos de los preclaros gobernantes de este paraíso democrático
se rasgan las vestiduras por nuestra “recuperada convivencia democrática”. Pero, aun cuando esta se quebró, durante un
tiempo cuestionado, que unos miden desde 1966 a 1985, otros lo abrevian contándolo
desde 1973, pero sea como se quiera contar,
en el más largo de los escenarios, se contabilizan 18 bajas militares y 14 civiles, total 32 en
el largo período de 19 años… que no se puede comparar con la violencia política desencadenada por los agentes extranjeros y fuersas locales cipayas organizadas en el plan Condor, las ejecuciones y desapariciones de unos quinientos cautivos civiles.
A lo que vamos es a lo
permanente, a la violencia sistémica que retacea la vida en este territorio al
que la mayoría llama “el país”, o sea espacio pasajero, y cada vez menos “patria”,
porque muchos se están preparando para emigrar apenas terminen sus estudios
terciarios, tratando de revertir su ciudadanía a la de padres o abuelos, negándose
a “la paternidad de hijos con patria”.
Y sospechamos que hay algo maléfico en el
diseño institucional y económico aplicado durante muchas décadas, responsable de
haber hecho miserable y sin sentido, la
vida en medio de la riqueza natural que
nos prodiga el territorio, el clima y la
buena gente que somos.
Imagen. Saturno devora a sus hijos

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