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DE HIDALGOS A HIDEPUTAS

 



 






Los “hidalgos de solar conocido”, eran la base de la sociedad medieval castellana que cruza el océano al momento de poblar “las Indias”, o sea América. La Reconquista de  la península y su unificación por los reyes de Castilla y Aragón, termina con ocho siglos de dominación musulmana. Pero la caída de Granada en enero de 1492, no resuelve el problema de la hegemonía musulmana en el Mediterráneo, el acoso turco a las ciudades del este europeo como Venecia, que interrumpían el comercio con oriente , cortando lo que era la “ruta de la seda” con China e India. En la búsqueda de una ruta alternativa, hacia el oeste, los castellanos se encuentran con un continente. La reconquista se continúa en  la conquista de esos nuevos territorios. España no establece un  imperio en esas tierras, simplemente extiende España con sus instituciones, convierte a las regiones en provincias con las mismas instituciones que las que se van estableciendo en la península. De esta forma se fundan o refundan ciudades con sus cabildos, universidades e iglesias. Está demostrado históricamente que “las Indias” no eran colonias, no había ejércitos de ocupación, eran defendidas por sus propios pobladores porque España no podía auxiliarlas comprometida en las guerras europeas contra el Islam, primero, en las civiles religiosas  luego.

Es en estas circunstancias que en los primeros treinta años se fundan decenas de pueblos y ciudades en las diversas provincias americanas.  El concepto de “imperio” será impuesto a España por los borbones a partir de 1715, tras una prolongada y sangrienta guerra internacional de quince años.  Toda España pierde sus fueros autonomicos, la peninsular y la americana son colonizadas. Se impone el "despotismo ilustrado" a sangre y fuego, tanto a Cataluña al Rio de la Plata. Es ese estatuto colonial el que termina sublevando a las provincias americanas que hasta ese momento gozaban de trato igualitario de provincias del reino. El concepto castellano establecía que el poder no radicaba en  el Rey sino en el pueblo. El juramento que ligaba al pueblo con los reyes era, desde el siglo XII, de este tono: ”nos que somos igual que Vos, os juramos Rey, para que defendáis nuestros derechos , sino no”. Esto se traducía en la relación que tenían los legisladores del derecho indiano con las autoridades provinciales, o de ciudades. Los Cabildos podían cuestionar una norma, “jurar su acatamiento pero no cumplimiento”, tras lo cual enviaban al Consejo de Indias sus fundamentaciones y quedando a la respuesta de los juristas correspondientes.  Era una forma de garantizar que las leyes no se apartaran de la realidad local.

Así pues las cosas, los pobladores canarios traídos para poblar la Patagonia, primero, trasladados luego a Montevideo para la defensa de la frontera con el portugués, pasan de sencillos agricultores a pobladores propietarios, se les asigna un solar urbano, una suerte de chacra y una de estancia a cada familia y sus correspondientes raciones y herramientas, con la obligación de fundar, poblar y defender el territorio. Se les declara con derecho al uso de Don, a elegir y ser elegidos cabildantes de la ciudad sin restricción por no saber leer. Pasan a ser, “hidalgos de solar conocido”.

Para Francisco de Victoria(1483-1546),teólogo español fundador del derecho internacional, el Rey no recibía el poder de Dios sino que éste se lo daba al pueblo y era el pueblo el que lo delegaba en el Rey. Algo muy lejos del concepto anglosajón o el francés absolutista que introducen los borbones triunfantes tras la guerra de sucesión.

Ser “hidalgo de solar conocido” era todo un honor, era poseer origen, radicación en la tierra y serían fundadores de patria, es decir, tierra de sus padres.  El sentido de pertenencia estaba establecido de manera de que eran los pobladores los responsables del sostén y defensa de la patria, esto comprendía a los indios que estaban en mismo pie de derechos que el peninsular a participar del poblamiento.

Esto dio lugar a que a pocas leguas de Montevideo se creara una población que se denominaría “El Coya”, donde un peruano establecería estancia en las cercanías del arroyo Cufré. Son esos coyas los que auxilian a Artigas en su primer enfrentamiento con las fuerzas que defendían Montevideo en 1811. La “batalla de las piedras”, no debe su nombre a una localidad que no existía aún, sino a que los coyas lanzaron con sus hondas innumerables piedras sobre los soldados españoles. Las piedras lanadas con hondas de cuero eran una poderosa arma en mano de aquellos indios, tan eficaces como las boleadoras de los pampeanos.

Valorar nuestro pasado nos da conciencia de origen, nos hacen “hijos de alguien con solar conocido”, es decir con antecedentes.

La historia impuesta por la historiografía  liberal nos ha convencido de que Colon era un aventurero y el pirata Drake un honorable  “pirata hidalgo”.

Lo contrario a este concepto de “hidalgo de solar conocido”, en el viejo concepto castellano, es el “hideputa”, es decir alguien sin padre ni lugar de nacimiento.  El mayor agravio que se puede hacer en lengua castellana remite, no sin fundamento, al origen, puesto que es esa falta la que explica los comportamientos antisociales y criminales.

El desconocimiento de nuestros orígenes, la asunción de relatos despectivos, deprimentes, por parte de los tutores o padrastros de la patria, han acomplejado a un pueblo de “hidalgos de solar conocido”, al punto de sentirse avergonzados de su pasado como verdaderos “hideputas”.

Imagen. Calera de las Huérfanas, misión jesuítica de   Colonia.


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